Casanare tiene plata. Sí, aunque no lo creas, el famoso superávit de 133 mil millones existe… pero solo en el papel. En la vida real, los niños siguen esperando comida en el colegio, los adultos mayores sus paquetes nutricionales, los hospitales sus equipos médicos y las vías siguen llenas de huecos. ¿Qué pasó? Pues lo de siempre: la política.
La Asamblea Departamental decidió archivar el proyecto que liberaba esos recursos. ¿Por qué? Porque cuatro diputados se plantaron en el «no». Del otro lado, el Gobernador se fue de frente contra ellos, acusándolos de revanchismo y odio. Resultado: ni Asamblea ni Gobernación se bajan del ring, y los ciudadanos, como siempre, quedan en la gradería, mirando cómo se pegan entre ellos mientras la plata se enfría en una cuenta bancaria.
La ironía es tan grande que duele. Casanare no puede garantizar que un abuelo tenga comida asegurada ni que los niños reciban el almuerzo escolar completo. Pero, eso sí, sobra saliva para los discursos: unos dicen que defienden la legalidad, otros que luchan contra la mezquindad política. ¿Y la gente? Bien, gracias.
Porque aquí nadie es santo: la Asamblea se hace la digna bloqueando proyectos, y la Gobernación tampoco aprende a negociar ni a convencer. Lo único que sí logran es confirmar que en Casanare los políticos son expertos en transformar abundancia en escasez y esperanza en frustración.
Así que, mientras se tiran la pelota, una cosa queda clara: el superávit no es la buena noticia que nos vendieron, sino el nuevo juguete del pulso político que condena al departamento a seguir viviendo del “casi” y del “ya casi”.